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sábado, 10 de diciembre de 2011
El Hombre Que No Duerme
Desde hace un par de meses no duermo. Cada día me acuesto más tarde para intentar aprovechar el cansancio, pero ni siquiera así logro conciliar el sueño. Al principio, repasaba lo que había hecho durante el día con la esperanza de encontrar la explicación del insomnio. Pertenezco a esa clase de personas que sólo pueden estar en la cama por dos motivos. No me gusta remolonear a solas, ni leer o ver la tele tumbado. Cada día me acuesto más tarde y me levanto antes. Sin embargo, funciono perfectamente a lo largo de la larga jornada. No siento cansancio. He de confesar que me preocupa la salud a largo plazo, supongo que las personas que no duermen acaban muriéndose.
Estoy aprovechando el tiempo de una manera sorprendente. No me quedo en la cama mirando el techo, como el personaje del escritor Georges Perec que de pronto, al despertarse una mañana, percibe que algo en su vida ha dejado de funcionar, se ha roto. Su vida carece de sentido. El joven protagonista contempla con absoluta indiferencia el mundo que le rodea. La vida y las cosas que hasta ese momento lo acompañaban han perdido el interés. Estamos ante la historia de una depresión. El hombre se niega a levantarse. El mundo sigue su curso y él no puede hacer nada por evitarlo. Tampoco sigo el consejo de Franz Kafka, que dice: "No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. No siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se postrara estático a tus pies". Yo, por el contrario, he decidido actuar. No voy a estar quieto. Viviré todas las experiencias que el insomnio me permite aprovechar. La vida se multiplica para el hombre que no duerme. La noche se extiende hasta el infinito.
Los amigos piensan que exagero. Me dicen que seguro que duermo sin darme cuenta y que es imposible subsistir sin pegar ojos durante dos meses. Les respondo que siquiera me acuesto. Que no utilizo la cama. Que hago el amor con las mujeres que no duermen en lugares improvisados que la ciudad ofrece a los habitantes como yo. La ciudad es misteriosa de noche y nerviosa de día. Los amigos bostezan sin ganas, se acuestan, me dejan de nuevo a solas conmigo mismo. Me acompaña algún perro. Esquivo los vómitos de los borrachos sobre la acera. Veo un helado de fresa derretido en el suelo: el fresco de un atardecer. Un hombre y una mujer se abrazan mientras caminan con los ojos cerrados. Se besan con los ojos cerrados. Tal vez están dormidos. Quizá forman parte de un sueño. A lo mejor todos estamos dormidos, incluso yo, mientras pasa el tiempo sin que nos demos cuenta.
Al principio estaba obsesionado con la idea de dormir. El sueño se convirtió en una obsesión, pero solo fue unos días. Ahora me sucede lo contrario. Tengo miedo a que un día me acueste y me quede dormido para siempre. Además, no quiero perderme nada de lo que acontece a mi alrededor. No voy a dormir más. Me gustaría tener una amiga que viviera conmigo y me despertara inmediatamente si en un descuido me quedara dormido. Una amiga que no durmiera tampoco nunca. Los dos estaríamos alerta al sueño del otro. Dice Heráclito que los que están despiertos viven un solo mundo que les es común; los que entretanto duermen se introduce cada uno en su mundo particular. El mundo se abre, se multiplica y se extiende para los que permanecemos despiertos.
Hay días en los que no salgo de casa. Días que no hago nada y parezco un hombre que duerme con los ojos abiertos. Me dedico a observar los cambios de luz en la fachada de la casa de enfrente. Miro el helado de fresa derretido en el cielo azul de la tarde. Oigo las últimas voces de la calle. El sonido de los motores. Las bocinas. Luego, la ciudad que también bosteza antes de retirarse a dormir. Hay ciudades que duermen y ciudades insomnes. Ciudades que desaparecen al llegar la noche y ciudades que se mantienen despiertas. Hay un mapa mudo de esas ciudades, un punto blanco en el lienzo oscuro. Viajo a esas ciudades. No hay extranjeros entre los habitantes que no duermen. Ellos, nosotros, como los búhos, somos los mismos en todo el mundo. Los ojos abiertos, la mirada fija en la noche, atravesando la distancia sin moverse de una rama. Mirando la vida tras el cristal de una ventana. Atravesando la distancia, las tapias, los jardines y las paredes, hasta llegar al sitio donde alguien nos espera. Eso sólo saben hacerlo aquellos que nunca duermen. Es la virtud del insomne, por eso nadie desea dormir cuando descubre ese misterioso don del cielo.
Los problemas se ven de manera distinta según sea de día o de noche. Hay quien duerme para olvidar. Dicen que el sueño les reconforta. A mí el sueño me mata. Cuando alguien dice que se va a dormir, creo que se va para siempre. En ocasiones, incluso me parece escuchar que se va a morir. Dormir es morir un poco. Entonces me pregunto: ¿Dónde están cuando duermen? ¿Hacia qué extraño lugar escapa su vida? ¿Y los sentimientos? ¿Y la memoria? ¿Aman a la misma persona que aman despiertos o aman a otra persona distinta? ¿Cuál es el verdadero amor? ¿El de los despiertos o el de los durmientes? Yo he olvidado la sensación que se tiene al despertarse. No recuerdo tener sueño. Sin embargo, hubo un tiempo en que me acostaba todas las noches, más o menos, a la misma hora. A veces, me despertaba en medio de la noche y me desvelaba. Era horrible no poder conciliar el sueño. No entiendo cómo podía vivir así. ¿Cómo podía estar preocupado por algo tan maravilloso? ¿A quién se le ocurre sentir como una condena el fabuloso regalo que consiste en estar despierto las veinticuatro horas del día y permanecer alerta todos los días de la vida?
Ayer conocí a una mujer que no duerme desde hace una semana. Era la primera vez que salía a la calle después de siete días de insomnio. Le dije que yo llevaba despierto dos meses. «¿Dos meses?, no me lo creo». «Ya verás -le dije-, dale tiempo al tiempo». «A lo mejor nos buscábamos y por eso hemos estado despiertos hasta encontrarnos y ahora podemos dormir juntos». Al oírla sentí miedo. No deseaba nada más en el mundo que estar con ella, pero temía quedarme dormido. Era tan bella, tan cálida, la sentí tan cercana que me pareció un personaje irreal. No podía tener tanta suerte. Pero la mujer estaba allí y me invitaba a dormir. Pensé que, efectivamente, ella era el motivo de mi insomnio. A lo mejor se trataba de eso, de buscar a alguien para dormir al lado. Ella era el sueño que andaba buscando. Mi sueño. Nos fuimos a casa. Nos acostamos. «Que duermas bien«. «Buenas noches», le respondí.
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